La travesía de una caleña atrapada en Ecuador por la pandemia para regresar a la capital del Valle

1 mes - Periodismo Ede Farkas 12
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Desesperada y después de no haber podido conseguir un cupo en un vuelo humanitario que la trajera de regreso a Colombia, Diana Vega emprendió la mayor travesía su vida, aquella que la trajo de regreso a su natal Cali y con la que hoy está a un paso de reencontrarse con los amores de su vida: su hija de tres años y su hijo de doce años.

Viajó más de 1500 kilómetros desde la ciudad ecuatoriana de Machala (cerca a la frontera con Perú) hasta Cali. Atravesó carreteras desoladas, montañas, valles, selvas, páramos y hasta el mar. Por momentos sintió desfallecer, pero sobrepuso al cansancio físico la fuerza de voluntad que “solo el amor de una madre puede entender”.

Su odisea comenzó el pasado 13 de marzo, cuando Diana llegó a Machala a visitar a su novio, a quien llevaba más de seis meses sin ver. El viaje lo hizo por vía terrestre junto a su suegra, Leidy González. En esa ciudad planeaban estar unos cuantos días, pero su estadía se extendió más de dos meses porque se quedaron atrapadas allá debido a la pandemia del coronavirus.



“Manteníamos encerradas en un cuarto, pues en la ciudad había toque de queda desde las 2:00 p.m. hasta las 5:00 a.m. del día siguiente. En ese pequeño espacio estábamos viviendo cinco personas hacinadas junto con mi novio, y con un temor latente de contagiarnos pues en la cuadra en la que estábamos habían dos casos de covid”, asegura la joven de 30 años.

Pero lo peor, agrega, era estar separada de sus hijos, a quienes varios familiares le colaboraron cuidándolos mientras podía regresar a Cali. A eso, se le sumaba la angustia que tenía, pues el dinero que llevaba se le acabó y su novio se quedó sin empleo.

“Estaba desesperada, intenté viajar en un vuelo humanitario que organizó la Cancillería colombiana desde Guayaquil, pero no alcancé cupo. Entonces, por eso decidí venirme con mi suegra por nuestros propios medios”, explica Diana.

Una arriesgada travesíaEl viaje empezó a las 4:00 de la mañana del lunes 18 mayo. Con sus morrales -en los que empacaron su ropa, agua, pan y atún- ambas partieron caminando rumbo a San Lorenzo, una ciudad costera de Ecuador desde la que tomarían una lancha hasta Tumaco, en Colombia.

La carretera estaba desolada y hacía frío, un ambiente hostil para dos mujeres extranjeras, que apenas podían orientarse con el GPS de sus celulares. Allí llegó el primer impasse.

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“Llevábamos cerca de 40 minutos caminando, cuando dos hombres en moto se nos acercaron y nos atracaron con cuchillo. A mí me robaron el celular y la tarjeta andina, que la tenía dentro de él. Mi suegra se salvó porque llevaba su móvil en sus partes íntimas y sólo la estrujaron”, recuerda.

El viaje no pudo haber comenzado de peor forma. Las mujeres quedaron llenas de pánico, pero aun así continuaron el camino, hasta que se les apareció el primer ángel: un hombre de unos 50 años que se ofreció a llevarlas en su vehículo hasta Naranjal, una ciudad en la costa sur de Ecuador, a un poco más de ocho horas de San Lorenzo, al norte de ese país.

Allí llegaron alrededor de las 9:00 de la mañana, pero el camino que faltaba era largo. Entonces, empezaron a caminar y a caminar, poniéndole el dedo a cuanto carro podían con el fin de que las fueran acercando hasta su lugar de destino. En esas se toparon con otro señor, que las transportó hasta Quinindé, adonde llegaron sobre las 7:00 pm. Ya estaban a aproximadamente tres horas de San Lorenzo.

En esa ciudad durmieron en una estación de gasolina, a la intemperie; y a las 5:00 de la mañana volvieron a coger carretera, esta vez en un camión. Y así, de ‘aventón’ en ‘aventón’ en diferentes vehículos, llegaron a San Lorenzo, a 57 kilómetros de Tumaco. Eran las 8:00 de la mañana del 19 de mayo.

Ese día, sobre las 5:00 de la tarde, lograron que un hombre, por 60 dólares, las transportara en lancha desde San Lorenzo hasta la isla de Las Palmas, en la frontera entre Ecuador y Colombia. En ese momento apenas habían completado la mitad del recorrido.

“En la frontera nos recibió la Marítima de Colombia, pero cómo no nos querían dejar pasar, nos tocó decir que no veníamos de Ecuador, sino de otro lado. Para eso tuvimos que hablar con un mayor de la Marina, a quien le suplicamos que por favor nos permitiera continuar nuestro travesía porque queríamos ver a nuestros hijos y en el camino nos habían pasado muchas cosas”, cuenta Diana.

Ya había oscurecido. La frontera “era pura selva” y el clima era húmedo. A Tumaco fueron transportadas en carro que les cobró $50.000. A ese municipio llegaron sobre las 9:00 p.m. y allí pasaron la noche en un hotel. Estaban extenuadas.

Al otro día, el miércoles 20 de mayo, y con una recolecta de dinero que le envió su familia, Diana pudo comprar un celular para poderse comunicar, ya que su suegra decidió proseguir el viaje por su propia cuenta hacia Cali y, en ese momento, era la única que contaba con celular.

“Yo me quedé otra noche en Tumaco y pude conseguir que un señor de un camión me llevara hasta Cali por $200.0000 pesos”, explica.

Sin embargo, las cosas no resultaron como las esperaba, ya que en la mañana del día siguiente no pudo comunicarse con él.

“Lo esperé hasta la 1:00 de la tarde, pero en medio de mi desesperación decidí venirme. Los carros me fueron trayendo, hasta que recibí su llamada. Me dijo que no se había podido contactar conmigo porque en el sitio donde estaba cargando el camión no había señal. Entonces, quedamos de vernos en el pueblo siguiente de donde yo estaba, así que seguí caminando hasta llegar a él. Recuerdo que la carretera estaba desolada, parecía la recta Cali - Palmira” relata.

El punto de encuentro se llamaba Junín. Allí fue recogida el 21 de mayo a las 7:00 de la noche, hora en que partieron hacia Cali.

“Él transportaba borojó y me hizo pasar como su ayudante. En la mayoría del trayecto me vine en la parte de atrás del camión y después en la parte de adelante. El trayecto duró cerca de 14 horas y llegué a Cali el día 22 de mayo sobre las 11 de la mañana. Estaba rendida, ese día me acosté a dormir como a las 6:00 de la tarde”, cuenta.

Sin embargo, a esta madre soltera todavía le falta superar la última prueba: la de la espera, ya que decidió hacer voluntariamente una cuarentena antes de ver a sus dos hijos, Danna y Juan David.

“En estos momentos a ellos los está cuidando mi hermano, en Palmira. Todos estos días los he visto por video llamada, pero ya no aguanto el momento de poder abrazarlos y besarlos”, expresa Diana.

El reencuentro presencial está programado para el próximo domingo 7 de junio. Solo ese día, asegura, terminará esta odisea en su vida.

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