La lucha de los campesinos para alimentar al país durante la pandemia

1 mes - Periodismo Ede Farkas 26
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En Colombia, hay pocos platos más universales que el arroz con huevo, un volcán con paredes granuladas y un cráter amarillo, casi anaranjado. El plato no discrimina ni al cocinero amateur de fin de semana ni al chef de restaurante, que sabe que en esa receta están todos los nutrientes que necesita alguien para pasar el día. Hay quien se lo come con cuidado, en orden, para probar por partes el huevo, el arroz y la pega; otros orquestan un terremoto con el tenedor y reducen el volcán a un delicioso mazacote.

El arroz con huevo es un plato insignia, con o sin pandemia.

Nelson Roa lo sabe. Lleva cuatro décadas cultivando arroz en Casanare, y apenas se presenta hace una aclaración: “Yo soy Roa, pero de los agricultores, no de los de la marca grande”. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el arroz es el alimento básico para la mitad de la población del planeta. En Colombia, según Fedearroz, el área cultivada alcanza tres veces el tamaño de Bogotá y cada colombiano consume aproximadamente 42 kilos de arroz al año. Y en medio de la pandemia, el testimonio de Roa da esperanza: en su región no ha habido heladas, sequías ni lluvias intensas que le inundaran el cultivo. Tampoco, hasta ahora, ha tenido problemas para vender.

El arroz es uno de los pocos productos agrícolas que los propios cultivadores compran en la tienda. Roa explica que el agricultor es dueño del cereal hasta que entrega los bultos en el molino: ahí comienza un proceso complejo que exige una gran inversión industrial. El precio del arroz es muy inestable y, de acuerdo con Roa, las grandes marcas son las que tienen mayor control para fijarlo. Y aunque hasta ahora el precio se ha mantenido alto, Roa teme que a mediados de año, sus ingresos se vayan al suelo: “El arroz es uno de los productos claves en demanda, pero los precios se caen sin explicación. Ese es el ejercicio de la gran industria, siempre que empieza la cosecha los precios son de ruina”.

Del otro lado de la receta, Juan Felipe Montoya, el presidente de Huevos Kikes –una empresa santandereana que produce la “huevonada” de cuatro millones y medio de huevos al día–, me explica con tranquilidad que, aunque la pandemia trajo cambios, no han dejado de entregar ni una unidad menos que cuando este coronavirus no existía. En parte, porque esas medidas de bioseguridad, que para muchos sectores fueron nuevas, son el día a día de su industria: usar mascarillas y guantes, desocupar los bolsillos, pasar los objetos por cámaras de desinfección ultravioleta y asperjar cada camión que entra a las plantas de producción con desinfectante, hacen parte de un protocolo creado mucho antes de la covid-19. Lo que sí cambió, me explica, fue la distribución en las más de 50.000 tiendas y supermercados donde se venden estos huevos y a donde llega cada colombiano, que en promedio se come 303 cascarudos al año. Montoya explica que siguen operando el mismo número de furgones y camionetas repartidoras, pero que los transportadores tienen que usar tapabocas, restringir las conversaciones con los vendedores y desinfectarse antes y después de entregar cada pedido.

Todo, en últimas, se vuelve más lento.

Aunque pareciera que el arroz y el huevo, juntos o separados, fueran la excepción en medio de la pandemia, el plato no puede escapar del mal presagio de los años bisiestos del que habló Rafael Urueta desde El Salado.

La primera semana de marzo, justo cuando Colombia confirmaba el primer caso de covid-19, el dólar comenzó a subir de precio de manera acelerada. El 24 de marzo, cuando había 72 casos en el país y se emitía el decreto que les ordenaba a todos los colombianos quedarse en sus casas, alcanzó casi 4.200 pesos, el precio más elevado de su historia.

Montoya dice que el 98 por ciento de los insumos para la alimentación de las gallinas es importado, entonces el aumento del dólar, que ya se traduce en un aumento de los costos de producción, podría terminar subiendo el precio del huevo en los supermercados. Es una situación que también afecta a los pequeños productores: los herbicidas, plaguicidas y abonos que se usan en el campo incrementaron entre el 20 y el 40 por ciento después de la subida del dólar, lo mismo que los insumos para la producción lechera, de la que dependen más de 350.000 familias en todo el país.

Y aunque el dólar bajó de precio a mediados de mayo, los precios de los insumos importados nunca volvieron a caer.

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Son las tres de la tarde en Tunja. El viento espanta en la Plaza de Mercado del Sur, la más importante en la capital de Boyacá, donde Germán Sánchez espera a que terminen de cargar 34 toneladas de papa en una tractomula. Lo esperan 1.142 kilómetros de recorrido hasta el mercado de Bazurto, en Cartagena.

El camino por Bucaramanga, que es mucho más corto, está cerrado por un derrumbe, así que arranca hacia Bogotá para luego tomar la ruta del Magdalena Medio. La cabina, que tiene ciento ochenta y dos centímetros de ancho, un timón y dos sillas, es la oficina andante de este hombre, que lleva 43 años moviendo cualquier flete por todo el país. Y con la pandemia, ese pequeño espacio se convirtió también en su comedor y su cama.

Con la cuarentena, que comenzó el 25 de marzo, desapareció el trancón de las vías, pero lo hicieron también los restaurantes y los hoteles. Los transportadores siempre estuvieron en la lista de las actividades permitidas, por eso Germán empezó a cargar una cobija y una almohada sobre la silla del copiloto y a poner, debajo de ella, una nevera de icopor llena de latas de salchichas, atún, jugos y gaseosas. El viaje desde Tunja hasta Cartagena dura 26 horas y solo tiene dos paradas. La primera la hace cinco horas después de arrancar, hacia las ocho de la noche, en Villeta, Cundinamarca: se estaciona en una bomba de gasolina, destapa uno de los enlatados, un jugo, un paquete de galletas y, cuando termina, sigue su camino. Después, pasadas las cinco de la mañana, hace su segundo descanso en San Alberto, Cesar, un pueblo que marca casi la mitad de su recorrido: tanquea su Kenworth T800, esculca de nuevo la nevera bajo el asiento del copiloto, se toma otro jugo, estira las piernas y ya está: una pausa de veinte minutos antes de conducir por otras 12 horas.

Germán es uno de los pocos transportadores que mueven productos desde el centro del país hacia la costa Atlántica. El riesgo de volver sin carga es alto: “Lo más duro del viaje es pasar a punta de enlatados y llegar a Cartagena sin la seguridad de encontrar un hotel después de pasar más de un día sin dormir”, me dice. Pero su verdadera preocupación se concentra en su billetera.

Recién inició el confinamiento, el Gobierno –presionado por la emergencia y el precio del dólar– decretó un bajón súbito en el costo del combustible y paró el cobro de peajes por algunas semanas. Pero lo que suponía un alivio para los transportadores, resultó tener un efecto búmeran: “Ahí mismito los generadores de carga les bajaron el precio a los fletes”, explica. “Y el problema fue que cuando volvieron los peajes, nos siguieron pagando lo mismo, no le subieron, entonces quedamos en desventaja”.

A las seis de la tarde, Germán, por fin, entra con su tractomula al mercado de Bazurto. Antes de salir de la cabina se pone un traje antifluidos, un tapabocas y una careta para caminar entre las pequeñas multitudes que están en el mercado. Aún le queda la parte más dura de su trabajo: conseguir 34 toneladas de algún producto para volver a Boyacá, la única garantía de que le quedará alguna ganancia después de pagarle los porcentajes pactados al dueño de la tractomula.

Pero la carga está escasa. Algunos colegas le habían comentado que en tiempos de pandemia se demoraron hasta 15 días para conseguir algo. Germán tuvo suerte y al poco tiempo pudo devolverse con el tráiler cargado. Sin embargo, no tuvo tanta para encontrar hotel, por lo que pasó algunas noches durmiendo en la cabina de su Kenworth.

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